
Homenaje al Maestro Osvaldo Pugliese
2 de diciembre
de 1905 - 25 de Julio de
1995

En Buenos Aires se olía la tristeza y la sensación de que, poco a poco, el
tango nos iba dejando solos.
El año anterior se había ido el Polaco, ni más ni menos.
Un ratito antes, era Astor Piazzolla el que decía adiós.
Y aquel 25 de julio de 1995, otra estocada feroz se clavaba sobre el pecho
tanguero:
se iba, con su elegante traje blanco y sus gruesos anteojos, Osvaldo
Pugliese.
Cómo habrá sido de querido Pugliese que, en un ambiente muchas veces enviciado
por enconos y envidias,
se ganó el mote de antimufa, y su nombre es pronunciado aún hoy en los
escenarios
para exorcizar la presencia de algunos nombres mal llamados yeta.
Nació en 1905 cerquita de la cancha de Atlanta, en el porteño barrio de Villa
Crespo.
Un padre flautista y dos hermanos violinistas fueron los afortunados
responsables de que el interés de Pugliese
por la música surgiera obvio e inmediato.
"El viejo me embufó en lo del maestro D´Agostino",
repetía en ese lunfardo que tanto hablaba pero que difícilmente podía
encontrarse entre su repertorio.
El padre quiso orientarlo hacia el violín, pero lo de Pugliese era el piano,
y tras un tiempo pudo, finalmente, comprar el costoso instrumento. Pronto
comenzó a estudiar, en conservatorios de barrio,
de esos que ya no existen, y a los 15 años comenzó su carrera profesional
tocando de 18 a 01 en el café La cueva del chancho,
llamado así en alusión a la dudosa higiene del dueño.
Al poco tiempo pasó a formar parte de la orquesta de la primer bandoneonista:
Francisca "Paquita" Bernardo.
Luego vino el cuarteto de Enrique Pollet, la orquesta de Firpo y, en 1927,
el gran salto:
pianista de la orquesta del gran bandoneonista Pedro Maffia.
Al tiempo formó un dúo con el violinista de esa orquesta, Elvino Vardaro, con
el que, se dice,
realizaron arreglos e interpretaciones de avanzada, aunque no existe ningún
registro de esta asociación.
Más tarde formó un conjunto con el violinista Alfredo Gobbi,
en el que le dieron una oportunidad a una joven promesa del bandoneón: Aníbal
Troilo.
Fue un 11 de agosto de 1939 cuando dio uno de los pasos más importantes de su
extensa carrera:
se presentó, en el Café Nacional, con su propia y debutante
orquesta.
Entonces, sí, se empezó a ver a Pugliese en todo su esplendor, como intérprete
y como compositor.
Siete años más tarde grababa su clásico La Yumba, perfecta síntesis de
su idiosincracia musical.
Durante los siguientes cincuenta años, terminó de construir una carrera
inmensa y heroica,
hasta transformarse en una figura fundamental de la historia del tango,
un ícono de renovación y estudio, un mito con nostalgias de realidad.
Don Osvaldo decía que, lo que más le gustaba, era viajar, y la música fue su
arma más certera para conocer el mundo.
España, Portugal, Holanda, Francia, China, Rusia, Finlandia y Japón fueron
sólo algunos de los escenarios que lo vieron y aplaudieron de pie.
"En Europa hacíamos la misma vida que en Almagro: salíamos a caminar hasta
el mediodía,
después él dormía una siesta, y nos acostábamos temprano.
No quería ver espectáculos: quería conocer lugares y gente", contó alguna vez
Lidia Elman, su última compañera.
Sus viajes le regalaron entrañables amistades, como la que tenía con Joan
Manuel Serrat.
Cierta vez, a punto de comenzar un concierto en Barcelona, preguntó: "¿Quién
es ese hincha pelotas que anda dando vueltas por ahí? ¡Rajálo!".
Uno de los asistentes le avisó: "Es Serrat." "Ah, está bien. Hincha las
pelotas, pero dejálo...", autorizó.
Fue en 1994 cuando su salud comenzó a desmejorar, según muchos a causa de la
muerte de su nieto Osvaldito.
"Le pegaba al cajón y gritaba: ´Yo tendría que haber compuesto La Tumba,
no La Yumba´",
contaba su bandoneonista Alejandro Prevignano.
Su final no tardó mucho.
Cuenta su viuda que el 4 de marzo del 1995, cuando llegó a su casa, vio que
Osvaldo había estado rompiendo y tirando papeles.
Cuando se acercó a él y le preguntó qué estaba haciendo, la respuesta fue:
"Tiré todos los papeles que tenían cosas que ya no voy a terminar. Ahora
ya no vale la pena..."
Cuando estaba internado, recibió una nueva visita del Nano Serrat.
"Pero, usted aquí, con todas las cosas que tiene que hacer...", preguntó
Pugliese.
"Pues nada -respondió Serrat-, sólo vine a decirle que se ponga bien y que me
prepare un tanguito,
que para el día de su cumpleaños yo vengo y se lo canto."
La imagen con la que se lo debe recordar es allí, sentado en su piano, traje
blanco, lentes gruesos y una orquesta detrás,
sonando de modo magistral.
Fue una gloria del tango y una prueba de simpleza de vida.
Puestos a imaginar, podríamos escucharlo cantando uno de esos tangos que tan
bien tocaba:
"Fuimos empujados en un viento desolado
sombras de una sombra que tornaba del pasado
fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza
que no puede vislumbrar su tarde mansa.
Fui como el viajero que no implora
que no reza, que no llora
que se echó a morir."
por Pablo Wittner
Publicado en LAMAGA.com.ar
