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INICIATIVA
DE LA SECRETARÍA DE CULTURA La invocación a Osvaldo Pugliese, en estos primeros garabatos de 2005,
debería ampliar el registro habitualmente acotado al esoterismo: que
Pugliese milagrosamente siga dando suerte, a cien años de su nacimiento,
a diez de su muerte, es un síntoma inequívoco de que, como contrapartida,
la mufa ha sido el común denominador de las últimas décadas
en la Argentina. La figura de Pugliese surge entonces como una especie de antídoto sobrenatural, un atajo mágico para esquivar el destino fatal de sus habitantes. Debe agregarse, para evitar la autoindulgencia, que suertes y
desgracias complementan con sabiduría popular, casi metafóricamente,
una cadena de causalidades reales, muchas veces encubiertas --intencionadamente
o no--por las referencias al azar. ¿Qué símbolos, qué imágenes debería
proyectar Pugliese para iluminar un camino distinto? Hay quienes pretenden
inmovilizar su leyenda, consagrando su sello artístico esto es,
la configuración de su inolvidable orquesta típica-- como correlato
tanguero del fin de la historia. Pugliese era consciente de que el tango era un objeto animado por las transformaciones sociales y culturales de cada época. Vio cómo su padre, un flautista de la guardia vieja, se quedó sin trabajo cuando la evolución orquestal prescindió de la flauta. Como buen comunista, sabía que tenía una historia detrás, y que era imposible detener su devenir inexorable. Comprendió las profundas implicancias sociales del baile y aplicó sus recursos técnicos de avanzada a una idea que lo definiría también como persona: la de ser al mismo tiempo revolucionario y popular. En muchos sentidos desfasado, adelantado a su tiempo o fuera de foco (ejemplos: compuso Recuerdo, ese himno a la nostalgia, a los 19 años; defendió la continuidad de la orquesta típica contra viento y marea en los años 60, cuando todos optaban por formaciones paliativas de la crisis inexorable del mercado tanguero; interpretó composiciones de Piazzolla en tiempos de talibanes y suicidas del tango), es probable que Pugliese manejara sin que los demás lo advirtieranun extraño sentido de la ubicuidad. Una manera de manejarse en la vida que, vista retrospectivamente, convierte a todos los demás en desfasados. En el Colón o en el más infame de los clubes de barrio, componiendo La Yumba o reinventando para siempre La mariposa de Pedro Maffia, Pugliese fue definiendo la marcación rítmica de una Buenos Aires querida por todos, pero difícil de sustentar en los hechos. En este 2005, la suerte que se desprende de la invocación de su apellido debería estar consagrada a la construcción material y terrenade sus sueños. Por Fernando DAddario
Extraído de la Página Web de la Secretaría de Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires
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