INICIATIVA DE LA SECRETARÍA DE CULTURA
EN EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO

La invocación a Osvaldo Pugliese, en estos primeros garabatos de 2005, debería ampliar el registro habitualmente acotado al esoterismo: que Pugliese milagrosamente siga dando suerte, a cien años de su nacimiento, a diez de su muerte, es un síntoma inequívoco de que, como contrapartida, la mufa ha sido el común denominador de las últimas décadas en la Argentina.

La figura de Pugliese surge entonces como una especie de antídoto sobrenatural, un atajo mágico para esquivar el destino fatal de sus habitantes.

Debe agregarse, para evitar la autoindulgencia, que “suertes” y “desgracias” complementan con sabiduría popular, casi metafóricamente, una cadena de causalidades reales, muchas veces encubiertas --intencionadamente o no--por las referencias al azar.
Pugliese, más allá del generoso anecdotario cabulero, fue un artista que se desempeñó bien (arriba y abajo del escenario) en un país al que le fue mal. Esta simplificación lleva a otra: acordarse de Pugliese, pensar en él, escuchar su música, evocar sus enseñanzas, renovar su legado, implica pensar en un futuro mejor, menos golpeado por la adversidad. Ese espíritu, seguramente, anima el bautismo de este 2005, designado “Año Pugliese” con un sentido superador de la fe ciega que rige el destino de las estampitas.

¿Qué símbolos, qué imágenes debería proyectar Pugliese para iluminar un camino distinto? Hay quienes pretenden inmovilizar su leyenda, consagrando su sello artístico –esto es, la configuración de su inolvidable orquesta típica-- como correlato tanguero del “fin de la historia”.
Sin embargo, su vida (que incluye su música, a la que nunca desmiente ni otorga sentidos contradictorios) está plagada de señales abiertas,
de gestos que no se resignan a ser simplemente inventariados en el museo de las buenas causas.
El Pugliese músico, el Pugliese hombre, compatibilizaron sus recorridos –éticos y artísticos-- hasta un punto en que se hace difícil diferenciarlos.
Su conocida costumbre de hacer funcionar su orquesta como una cooperativa, en la que compartía las ganancias por igual con sus músicos, tenía estricta concordancia con el rol que les asignaba en el trabajo orquestal cotidiano; sus músicos componían, arreglaban, discutían, sabían que eran los mejores en tanto y en cuanto la orquesta también lo fuera. Trabajaban en un equipo que utilizaba el pasado en función de una apuesta permanente al futuro (“nunca se pueden detener etapas, ni perder de vista las fuentes”, decía el maestro). Tanto en tiempos de Ismael Spitalnik y Osvaldo Ruggiero como a la hora de promover a Rodolfo Mederos y Juan José Mosalini.

Pugliese era consciente de que el tango era un objeto animado por las transformaciones sociales y culturales de cada época. Vio cómo su padre, un flautista de la guardia vieja, se quedó sin trabajo cuando la evolución orquestal prescindió de la flauta. Como buen comunista, sabía que tenía una historia detrás, y que era imposible detener su devenir inexorable. Comprendió las profundas implicancias sociales del baile y aplicó sus recursos técnicos de avanzada a una idea que lo definiría también como persona: la de ser al mismo tiempo revolucionario y popular.

En muchos sentidos desfasado, adelantado a su tiempo o fuera de foco (ejemplos: compuso “Recuerdo”, ese himno a la nostalgia, a los 19 años; defendió la continuidad de la orquesta típica contra viento y marea en los años ’60, cuando todos optaban por formaciones paliativas de la crisis inexorable del mercado tanguero; interpretó composiciones de Piazzolla en tiempos de talibanes y suicidas del tango), es probable que Pugliese manejara –sin que los demás lo advirtieran—un extraño sentido de la ubicuidad. Una manera de manejarse en la vida que, vista retrospectivamente, convierte a todos los demás en desfasados. En el Colón o en el más infame de los clubes de barrio, componiendo “La Yumba” o reinventando para siempre “La mariposa” de Pedro Maffia, Pugliese fue definiendo la marcación rítmica de una Buenos Aires querida por todos, pero difícil de sustentar en los hechos. En este 2005, la “suerte” que se desprende de la invocación de su apellido debería estar consagrada a la construcción –material y terrena—de sus sueños.

Por Fernando D’Addario

 

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Extraído de la Página Web de la Secretaría de Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires


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Revisado: 10 de July de 2008.